Noviembre de 2010

Egipo en 3 pasos en: http://www.3xelmundo.com/egipto-3p/

Decir que el viaje por carretera desde El Cairo hasta Alejandría fue un despropósito es quedarme corta. Después de todo lo que habíamos vivido (y sobrevivido a) en la capital egipcia, con nuestro nivel de inconsciencia máxima activado a tope, seguíamos confiando en Miguel y sus amigos taxistas. Así, contratamos a uno de ellos, que tenía una furgoneta para 12 personas, que apenas sabía inglés ni por supuesto una palabra de español, que circulaba fuera de la carretera si encontraba obras o atascos (sucedió un par de veces tanto a la ida como a la vuelta), y que soltaba el volante para dar palmas cada vez que Flower se ponía a cantar. Para nosotros era la primera vez que pisábamos Alejandría… para el conductor también.

Primera toma de contacto con el pueblo llano

Lo único que salvaría del trayecto fue la entrada en la ciudad gracias a la intervención de uno de los amigos que habíamos hecho en el viaje y que nos secundaba en nuestras alocadas aventuras, quien iba de copiloto y manejando la música a través de su mp3. Le pedí que pusiera la canción “Rosa de Alejandría” de Manolo García, que me encanta y que la veía muy apropiada para la ocasión. Contábamos además con la ventaja de que a Flower no le gusta y, por tanto, al no cantarla, conseguiríamos que el conductor tuviera las manos sobre el volante al menos durante 5 minutos consecutivos. Fue un momento especial, de paz y tranquilidad, después de más de 3 horas de sobresaltos en la carretera, ver cómo se perfilaba Alejandría a lo lejos y parecía desperezarse en mitad de las brumas matinales.

Columna de Pompeyo

Lo que no fue tan idílico ni de postal fue la primera impresión que tuvimos de la ciudad. El conductor aparcó la furgoneta donde le pareció bien y nos dio un rato libre para visitar la zona de ruinas donde se alza la Columna de Pompeyo y aledaños. Terminamos pronto de ver los restos arqueológicos, así que dedicamos la mayor parte a pasear por los alrededores.

Calle de Alejandría

Descubrimos una parte de la ciudad con gente muy humilde, con calles sin asfaltar, puestos callejeros y artesanos que sacaban las mercancías a la calle a vender, como el panadero que conocimos al acercarnos a curiosear su horno, que insistió en que probáramos su pan recién hecho y se negó a aceptar nuestro dinero (no lo recuerdo exactamente, pero seguro que el Sr. Marqués algo le dio, como a todos aquellos con los que se iba haciendo fotos en cualquier momento del viaje). Por lo demás, era una estampa que ya habíamos visto en otros pueblos y en algunos barrios de El Cairo: gatos famélicos revolviendo en la basura, niños pidiendo o tratando de vender souvenirs baratos a los turistas a cambio de unas monedas, mujeres con velo o con burka tirando de esos niños con una mano y cargando enormes bolsas en la otra.

Un faro que no está y una biblioteca que no es

Considerado como una de las 7 maravillas del mundo antiguo, el Faro de Alejandría no resistió los embates de un terremoto en el siglo XV. Parte de sus restos sirvió como material de construcción de la Ciudadela de Qaitbay, erigida en el mismo lugar que en su día ocupó el faro. Sus vistas y su histórico emplazamiento bien merecen una visita.

Algo similar ocurre con la Biblioteca de Alejandría. No quedan restos de la que fuera, con unos 900.000 manuscritos, la mayor biblioteca del mundo en el siglo III A.C. En su lugar, la nueva biblioteca de la ciudad, reconstruida con fondos de la Unesco, es un edificio moderno, totalmente equipado tecnológicamente, con un mural en la entrada que hace un guiño al pasado histórico de estas instalaciones. Es otro estilo de biblioteca a diferencia de las “clásicas”, pero también recomendable de ver.

La mezquita del murciano

Mezquita de Abu al-Abbas al-Mursi

Comimos pescado- muy normalito, no recuerdo nada especial del sitio ni de la comida- en un restaurante que nos recomendó el conductor (¿por qué a esas alturas del día y del viaje seguíamos fiándonos de él?). Después, nos dimos un más que agradable paseo por La Corniche al lado del mar, que se nos hizo corto porque el conductor insistía en que quería volver pronto a El Cairo. Aún así, a pesar de las prisas, pudimos admirar (por fuera, estaba cerrada) alguno de sus lugares más destacados, como la Mezquita de Abu al-Abbas al-Mursi, dedicada a un sufí murciano.

Nos hubiera gustado poder visitarla e incluso encomendarnos a nuestro compatriota antes de volver a la furgoneta, pero no pudo ser. Así que, abandonados a nuestra suerte y prohibiéndole a Flower que cantara, emprendimos nuestro viaje de vuelta a El Cairo.  Queríamos disfrutar de nuestra última noche y aprovechar la última mañana del viaje, antes de regresar a casa (medio) sanos y a salvo.

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