Agosto de 2016

Córcega en 3 pasos: http://www.3xelmundo.com/corcega-3p/

Embarcados en el ferry, dejamos atrás la vista de la costa de Cerdeña con Santa Teresa de Gallura al fondo, y nos giramos para contemplar los impresionantes acantilados blancos que nos recibían en la llegada a Córcega. Nada más desembarcar en San Bonifacio, nos sometieron a un registro del coche (no permitían pasar carne de cerdo de Italia a Francia y nosotros llevábamos bocatas de salami que afortunadamente no descubrieron) y por suerte tampoco nos pidieron la documentación del coche de alquiler (para qué íbamos a extender el seguro a otro país, ni se nos pasó por la cabeza). Así que sacando mi mejor sonrisa, mi chapurreo del francés y mis mejores armas de “rubia”, conseguimos disfrutar 48 horas en una isla maravillosa sin tener altercados con la autoridad.

San Bonifacio y la leyenda del Rey de Aragón

Con un casco antiguo amurallado en piedra, San Bonifacio se erige sobre una colina de acantilados calcáreos. Tiene dos partes diferenciadas: la zona del puerto y la ville haute (o parte alta de la ciudad), enclavada en una fortaleza, que conserva la piedra de las calles y los edificios antiguos. Al ser zona de embarque hacia Cerdeña y dada su belleza, es un lugar muy turístico (a veces demasiada gente en sus callejuelas estrechas) pero bien merece una visita.

Cuenta la leyenda que el rey Alfonso V el Magnánimo, en uno de los múltiples intentos del Reino de Aragón por conquistar Córcega, mandó a sus tropas para que construyeran una escalera en la roca y así poder acceder a San Bonifacio. Fue tal el empeño de los soldados, que lograron tallar 87 escalones en una sola noche en la roca escarpada. Verdad o no, La Escalera del Rey de Aragón es uno de los lugares más visitados de la ciudad, con unas vistas espectaculares, pero no apto para aquellos que sufran de vértigo (yo me conformé con mirarla desde arriba).

Acantilados y mar

El verde de los acantilados desciende hasta fundirse con el azul del mar en Córcega. Y la carretera que discurre desde San Bonifacio hasta Ajaccio va serpenteando por esos acantilados. El paisaje es imponente, y la conducción trabajosa, pero se nota una diferencia abismal con la manera de conducir de Cerdeña, todo es mucho más pausado y los conductores son más respetuosos.

Así, la distancia entre estas dos localidades, siendo de menos de 200 kilómetros, nos llevó casi media mañana a la ida y media mañana a la vuelta. A la ida, porque paramos a disfrutar del paisaje en varias ocasiones en los miradores que nos encontramos y a comer nuestro bocadillo de salami “rescatado” de la gendarmerie rodeados de naturaleza y en total soledad. A la vuelta, porque nos detuvimos en un puesto de fruta en la carretera, de donde partía un camino hacia una playa espectacular que disfrutamos en exclusividad el Sr. Marqués y yo y decidimos darnos un baño.

Napoleón sigue vivo en Ajaccio

Cada rincón, cada referencia, cada calle.. está consagrado a honrar al vecino más ilustre de Ajaccio: Napoleón Bonaparte. La capital de Córcega es una ciudad tranquila, limpia, pequeña y acogedora, con una arquitectura muy al estilo “francés”: todo cuidado, respetando cada detalle minúsculo. Por supuesto, te das cuenta de que has salido de Italia porque no se oye una voz más alta que otra por la calle e incluso pocos cláxones a pesar del intenso tráfico de la ciudad.

Como puntos de interés turístico imprescindibles de ver (y más para nosotros que teníamos poco tiempo), la Casa Natal de Napoleón Bonaparte, el Ayuntamiento, la Catedral de la Asunción o la estatua de Napoleón, con sus cuatro leones a los pies. También se puede visitar la Ciudadela cercana al mar (sólo por fuera, en la actualidad tiene uso militar y alberga burros en su interior además de tropas).

A pesar de disponer de tan sólo 24 horas en Ajaccio fueron muy bien aprovechadas. Nos alojamos en el Hotel Castel Vecchio, con una excelente relación calidad-precio, buen servicio y lo más importante para nosotros en ese momento: céntrico, para no perder tiempo en desplazamientos innecesarios. Así, tuvimos oportunidad de ver los puntos más destacados de la ciudad (sin duda le habríamos dedicado un día más si hubiéramos podido), cenar en una terraza del puerto y disfrutar un poco de su animada vida nocturna.

Como nos quedamos con ganas de más y está claro que Córcega tiene mucho más qué ofrecer, así tenemos una excusa para volver.

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