Noviembre de 2010

Egipto en 3 pasos en: http://www.3xelmundo.com/egipto-3p/

Siempre había considerado un madrugón infame levantarme de madrugada para coger un vuelo low cost de los que salen a primera hora del día. Pero no. Madrugón infame es  embarcarse en un crucero por el Nilo y a las 2 de la mañana salir del barco con la almohada bajo el brazo para subirnos a un autocar que nos llevaría a visitar el primero de los templos del recorrido. Menos mal que mereció la pena.

Abu Simbel: la sorpresa que esconde el desierto

La llegada al aeropuerto de Asuán fue uno de los momentos surrealistas que definirían el viaje ya desde el primer momento que pisamos suelo egipcio. Nos esperaba a todo el grupo un guía junto a un minibús destartalado donde subimos mientras lanzaban nuestras maletas al techo del mismo. A mitad de camino entre el aeropuerto y el barco, sin mediar explicación, el autobús se paró, el guía se bajó y reanudamos la marcha. Unos kilómetros y minutos después (no sé cuántos, se nos hizo un poco eternos), el autobús se volvió a detener y el guía subió de nuevo.

En el barco nos recibió otro guía, que sería el que nos acompañaría el resto del viaje, con la mejor de sus sonrisas, un perfecto castellano y un té como gesto de bienvenida y de hospitalidad árabe. La sonrisa se le heló a la hora de distribuir los camarotes del barco, cuando le explicamos que nuestra habitación era para tres, dos chicas y un chico, y que no éramos parientes. A partir de entonces, sólo le habló al Sr. Marqués, y a Flower y a mí sólo nos dirigía la palabra si éramos nosotras las que le hacíamos alguna pregunta.

Solventados estos pequeños escollos de la llegada, alojados y tras la cena, le preguntamos al guía si era seguro salir a dar una vuelta por Asuán. Como nos respondió afirmativamente, nos echamos a las calles, ya que era nuestra única oportunidad de visitar la ciudad, porque en cuanto volviéramos de la excursión a Abu Simbel del día siguiente, arrancaría la navegación.

Esto nos supuso que al final dormimos un rato para estirar el cuerpo, antes de subirnos al autobús a las 2 de la madrugada. La razón de este horario es doble en el caso de Abu Simbel por su localización en mitad del desierto: si todos los templos siempre se visitan al atardecer o primera hora de la mañana por las altas temperaturas, en Abu Simbel a las 8 de la mañana ya nos acercábamos a los 40 grados en pleno mes de noviembre y, además, para llegar hasta allí hay que recorrer unos 300 kilómetros de carreteras inhóspitas, con lo cual, por motivos de seguridad, los autocares de turistas van juntos y escoltados por un convoy militar.

entrada de Abu Simbel

Si todo esfuerzo tiene su recompensa, la visita de Abu Simbel es uno de los casos más paradigmáticos de esta frase que yo había experimentado hasta entonces. Recuerdo bajar medio somnolienta la cuesta desde el parking hasta lo que parecía una duna de gran altura (más de 30 metros), girar… y darme de bruces con la entrada más impactante de un templo que hubiera visto nunca. Se me pasó de golpe el sueño, el cansancio del viaje y ni siquiera me molestaba el sol potente que ya empezaba a despuntar. Para adentro. A disfrutar.

Kom Ombo y templo del dios Horus: comienza la leyenda de la lechuga

Más madrugones infames (aunque ya eran entre las 6 y las 7 de la mañana, como en el caso del Templo de Horus en Edfú), visita a un templo, navegación (que aprovechábamos para tomar el sol y bañarnos en la piscina de la cubierta del barco) y en algunas ocasiones- como la de Kom Ombo– veíamos otro templo al atardecer.

Aunque cada uno de ellos guarda una fascinante historia, es imposible recordarlas todas, por la acumulación de fechas, nombres de dioses, de dinastías faraónicas y de leyendas. La que no se nos olvidará será la de lechuga, relacionada con la virilidad masculina. Nos la contaron en todos los templos. Y a cada uno que llegábamos, íbamos a buscar en las paredes, entre otros relieves, las hojas de este vegetal.

Valle de los Reyes y Medinet Habu: una carga de energía

Mención aparte merece la visita al Valle de los Reyes, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, donde te permiten entrar (y no hacer fotos) en alguna de las tumbas de los faraones egipcios. Al igual que en el caso de las pirámides, allí se percibe una energía especial.

El templo de Medinet Habu, cercano a este complejo funerario, es uno de los mejor conservados, donde se puede admirar en algunas zonas hasta el color de las pinturas de los jeroglíficos egipcios. Es un poco como trasladarte a la época en la que el templo vivía todo su esplendor.

Templos de Luxor: sacrilegio en mitad de la majestuosidad

En la actual ciudad de Luxor (que fue Tebas en la antigüedad, capital del Imperio Medio e Imperio Nuevo de Egipto) pudimos visitar dos templos en un estado magnífico de conservación: el Templo de Luxor y el Templo de Karnak.

Eran nuestros últimos días de crucero antes de volar hacia El Cairo y ya algunos de los miembros del grupo habían empezado a sufrir malestares gástricos. Según entramos en el templo de Luxor, el guía comenzó con su habitual introducción a la historia del recinto y una de las chicas, que estaba bastante indispuesta, no pudo más, se giró y vomitó sobre las piedras milenarias. Ni siquiera llegó a enterarse de dónde podía encontrar las hojas de lechuga en ese templo.

Concluimos el crucero y sus correspondientes excursiones con un inmejorable colofón tras pasar la mañana en el Templo de Karnak. No pude disfrutar del todo la visita a pesar de la grandiosidad del recinto porque empezaba a sentir molestias y a comprender especialmente bien a mi compañera de viaje. Por suerte, no empecé a “desintegrarme” hasta finalizar la visita, y lo que fue un verdadero infierno fue el viaje en avión hasta El Cairo y la primera noche en la capital egipcia. Todo lo que viví allí en los días posteriores compensó con creces los males, pero eso ya es historia de otro post.

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