Junio 2013

Estambul en 3 pasos: http://www.3xelmundo.com/estambul-3p/

Llegamos a Estambul a las 4 de la madrugada. Nos recogió en el aeropuerto un transfer que no hablaba ni una palabra de español ni de inglés. Tras un recorrido de una media hora, nos indicó por señas que nos bajáramos del vehículo, y nos encontramos ante una cabina de teléfono en una calle de la ciudad enfrente de nuestro hotel (Star Holiday Hotel). Un recepcionista somnoliento y sorprendido ante nuestra presencia a esas horas intempestivas, nos comunicó que no podíamos acceder a la habitación todavía, que dejáramos las maletas y volviéramos sobre las 10 de mañana.

De esta manera, nos echamos a las calles y en menos de 2 minutos estábamos en la plaza donde se ubican Santa Sofía y la Mezquita Azul, justo en medio de las dos. Amanecía en Estambul, era viernes (día de descanso para los musulmanes) y Flower y yo pudimos contemplar y admirar en soledad y silencio- lo único que se oía era el canto de los pájaros con las primeras luces del día- los dos imponentes monumentos. Supe que ya había merecido el viaje sólo por haber podido vivir ese momento.  Y todo acababa de empezar.

Mezquita Azul

Ante todo, organización

Después de este momento místico, y ante nuestra falta de previsión y organización del viaje sabiendo que llegábamos a esas horas de la madrugada, decidimos darnos un paseo (no llevábamos liras- para qué- y las casas de cambio y cualquier tipo de establecimiento no abrían hasta más tarde). Nos acercamos al Palacio de Topkapi– por fuera, evidentemente- bajamos hasta el paseo Kennedy que bordea el canal y subimos callejeando por toda la zona de Sultanahamet (el barrio que alberga los monumentos más conocidos de la capital turca) de nuevo hasta las cercanías de nuestro hotel. Exhaustas y hambrientas, pudimos desayunar gracias a la simpatía y el chapurreo de 4 palabras en inglés de un señor mayor que nos llevó al “restaurante de un amigo” donde admitían euros. Según pudimos entenderle, invitaban a te y tenían periódicos gratis, así que él iba allí todas las mañanas. Ese día, apareció en nuestra compañía, para alegría del dueño y del resto de parroquianos habituales del local.

Una vez instaladas en el hotel (por las fotografías actuales de su web ha mejorado mucho en estos años, cuando nosotras estuvimos allí lo único destacable era su terraza donde servían un desayuno “justito”, con unas vistas inmejorables), decidimos dos básicos en esos momentos en nuestras vidas: descansar un poco y organizar sobre plano de papel algo lo que íbamos a hacer el resto de la jornada y en los siguientes días. Para este segundo cometido, nos sirvió de gran ayuda cuando pillábamos wifi la web Estambul.es (sobre todo en referencias gastronómicas) y lo que nos había comentado nuestro nuevo amigo (a la hora de elegir un hammam, una experiencia totalmente recomendable e imprescindible en un viaje a Estambul).

La ciudad vista desde el Bósforo

Vista de Estambul desde el Bósforo

Para ubicarnos en la ciudad, y dado que las piernas y las neuronas nos daban poco más de sí debido al cansancio del día, decidimos pasar la tarde dando un paseo en barco por el Bósforo. Según llegas al muelle, hay multitud de opciones: de una hora, de dos, de día completo con almuerzo incluido y paradas en distintos puntos de la ciudad, con guía, sin guía… Abrumadas por la oferta en carteles y la que nos proporcionaban de manera insistiente los distintos “comerciales” que había en el embarcadero, nos dejamos llevar por la recomendación de una amiga que había estado en Estambul: coger un barco de los que sirven de transporte público en la ciudad, con paradas donde quisiéramos y sin necesidad de pagar el precio elevado de los barcos turísticos (unos 20 euros por el recorrido mínimo sin guía).

Así lo hicimos, sin conocimiento de la ciudad ni del idioma, y lo único que logramos fue pasar a la parte asiática de Estambul. Es la única vez en mi vida por el momento que puedo decir que he pisado Asia. Nos comimos un kebab, volvimos y decidimos subirnos a un barco turístico de un par de horas de recorrido que nos permitiera admirar la ciudad desde el canal costara lo que costara. No teníamos fuerzas para seguir caminando ni capacidad para decidir nada más.

Lo primero es lo primero

Consideradas por nosotras gracias a la buena ubicación de nuestro hotel como “vecinas” y dado que son los dos monumentos más representativos de Estambul, nuestra primera visita obligada, como no podía ser de otra manera, fue a Santa Sofía y la Mezquita Azul. Como se forman grandes colas de turistas en la entrada de ambas, y a partir de mediodía y dependiendo de la época del año el calor y el tiempo de espera pueden ser significativamente elevados, se recomienda ir a primera hora de la mañana. De hecho, nosotras dedicamos una mañana entera a ambos monumentos y, cuando nos dirigíamos al Palacio de Topkapi, viendo la temperatura y la cantidad de turistas que había allí, desistimos de entrar y dejarlo para más adelante. Por cierto, además del horario, es importante también la indumentaria: pañuelo para cubrirse cabeza y hombros (en el caso de las mujeres), pantalón largo (para todos) y calcetines (para los escrupulosos, hay que descalzarse en todas las mezquitas).

Sin salir del barrio

El principal atractivo turístico de Sultanahamet  es el Palacio de Topkapi, que a mí me impresionó especialmente por su suntuosidad y por las historias que nos contaron del harem del sultán que vivió allí (de hecho hubo un momento en el que me entró un poco de agobio y le pedí a Flower que me sacara de allí, por el contraste tremendo entre la belleza del palacio y la vida de las mujeres que lo habitaron). Pudimos recorrer todas sus estancias abiertas al público a excepción de la sala de las reliquias donde hay, entre otras, un pelo de la barba de Mahoma. Íbamos en pantalón corto y no hubo manera de convencer al de seguridad para que nos dejara acceder a ese recinto considerado sagrado.

Hay otro sitio que recuerdo por las sensaciones que me produjo su contemplación. Ubicado en la plaza del Hipódromo de Constantinopla se erige el Obelisco de Teodosio, que formó parte del Templo de Karnak y que me hizo rememorar con nostalgia mi viaje a Egipto.

Otros puntos de interés “sin salir del barrio” y que nos gustaron bastante fueron los edificios de la Universidad, el acueducto de Valente o la Cisterna Basílica. Más allá de monumentos, es básico también pasear por los parques de la ciudad y observar el comportamiento de sus habitantes, sentarse a tomar un té o a comer delicias turcas- dulces o saladas- en las innumerables terrazas de la capital.

Ocio y devoción

En vista de que el atuendo es primordial para visitar las mezquitas, decidimos un día pertrecharnos de todo lo imprescindible para visitar todas las que queríamos ver de la ciudad: pantalón largo, calcetines (en el caso de Flower, a mí se me olvidaron y no usé, y puedo asegurar que sigo viva) y un pañuelo, que, tras recorrer varias mezquitas ya sabíamos ponernos con tanta precisión que en una de ellas nos regalaron un Corán a cada una en español.

Plano en mano, mezquita que veíamos, mezquita que entrábamos (en todas las de la ciudad es imposible, hay miles). Además del atuendo, hay que respetar las normas generales y particulares de cada recinto (en una situada en Fatih, uno de los barrios musulmanes más ortodoxos de la ciudad, las mujeres rezan en el piso superior separados de los hombres, que lo hacen en la nave central, y, como llegamos en la hora del rezo, nos indicaron por señas que no podías acceder a esa nave central, que subiéramos al lugar que correspondía a las mujeres. Así lo hicimos, a obedientes y respetuosas no nos gana nadie.)

De ese recorrido de mezquitas podría destacar de las que más me gustaron por arquitectura y por ubicación (además, por supuesto, de la Mezquita Azul) la Mezquita de Suleiman Camí y la Mezquita Nueva.

Justamente al lado de ésta última se encuentra el Bazar de las Especias, que, en mi opinión, no desmerece en absoluto al Gran Bazar. Son dos estilos de mercados, uno más pequeño y tradicional, el otro más reconocido y quizás, para mi gusto, demasiado turístico. Hay que verlos los dos para poder comparar.

Más allá de las compras, y para los amantes del dulce y el relax, hay dos experiencias de ocio que hay que probar si vas a Estambul: degustar los baklaba (dulces típicos turcos) de Hafiz Mustafa y entrar en un hamman (el que nos recomendó nuestro amigo fue Blue Bath, sitio nada turístico, más económico que los recomendados en las guías turísticas, pero sin el glamour, las comodidades y los servicios de éstos). Eso sí, la palabra que mejor lo define es genuino.

Pero de si lo que hablamos es de ocio nocturno, casi mejor cruzar el puente de Gálata y pasarse a la zona más europea de Estambul. Todos los detalles: en el próximo post.

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