Septiembre de 2019

Tailandia es el viaje más reciente, lejano y en el que he pasado más días junto al Sr. Marqués. Es por eso, que voy a aprovechar su material gráfico y las vivencias conjuntas para haceros un perfil de quien es, junto con Flower, mi mejor compañero de viaje desde hace tantos años que ni nos acordamos ya. Y además, para qué. Si cada año sigue cumpliendo los 23, y ya puede asegurar que es así, por su tremenda energía vital, que demuestra desde el punto de la mañana. Es capaz de levantarse cantando sea la hora que sea, y a mí en ese momento es cuando me dan ganas de asesinarlo. Está comprobado que no tenemos el mismo despertar.

Bangkok: la ciudad sí es para mí

Buda reclinado templo Wat Pho Bangkok

“Si no es por tu hermano, no salimos ni del aeropuerto”. Fue una de las primeras frases lapidarias del Sr. Marqués en referencia a Tailandia, y a partir de las cuales siempre solemos definir y recordar entre risas nuestros viajes a la vuelta. Pues va a ser que sí, que le voy a tener que dar la razón. Nuestra planificación del viaje fue algo parecida a nefasta, y encima no acertamos con la primera guía que nos compramos. Con la segunda tuvimos mejor suerte y gracias a las indicaciones de mi hermano, que había estado en el país un par de años antes, pudimos adentrarnos en la ciudad inmensa y desordenada que es Bangkok.

De todas formas, como planificador de viajes tampoco es que se vaya a ganar bien la vida el Sr. Marqués. Su apodo viene precisamente de que prefiere más que se lo den casi todo hecho. No le gusta conducir (y ya si es por la izquierda, ni lo intenta) y su limitado conocimiento de los idiomas hace que delegue en los demás algunas de las tareas habituales de los viajes, como leer los ingredientes de cada plato en un menú. Ahora bien, sus extraordinarias capacidades de comunicación, su permanente sonrisa y su gesticulación particular hace que sea capaz de mantener una animada charla y de hacerse entender con cualquiera. Que se lo digan al camarero de un chiringuito de una remota playa de Cerdeña, con el que hizo un repaso de todos los jugadores italianos que han pasado por la liga española en los últimos 20 años. Mientras, yo ya, si eso, pedía un par de bocadillos a otro camarero, por aquello de no quedarnos sin comer.

Otra de nuestras frases recurrentes en los viajes y que describe nuestra forma de coordinarnos es “ya no nos asustamos de nada”. Nos conocemos desde el siglo pasado (literal) y nos complementamos perfectamente. Ya que no organiza, o que no es capaz de entender los letreros porque no sabe idiomas, pues deja la planificación en mis manos y se fía de lo que le digo cuando le hago de traductora. Y nunca protesta por nada, hay que decir la verdad.

En Bangkok no iba a ser de otra manera. Nuestra primera toma de contacto con la ciudad fue al atardecer, en medio de una lluvia torrencial y sin tener mucha idea realmente de por dónde andábamos (el Sr. Marqués y yo sin Flower vamos perdidos por el mundo, literalmente hablando). Ya fue al día siguiente cuando empezamos a apreciar bien la ciudad.

El silencio- no absoluto, eso es imposible- del Sr. Marqués durante las primeras horas en Bangkok demostraba dos cosas: su ligera incomodidad en el paseo en barco (es más bien de secano) y su asombro infinito al ir descubriendo las maravillas monumentales e históricas de la capital tailandesa (ya os contaré más en un próximo post). Por la tarde ya sí que era más el Sr. Marqués elocuente y simpático, con su sentido del humor inteligente y particular que siempre consigue que me ría a carcajadas (yo y el resto del universo, entre las que se encuentran en este viaje las masajistas tailandesas de Sukhothai, la guía de Doi Inthanon…).

Con el pueblo llano

Si hay algo que le gusta especialmente al Sr. Marqués de los viajes (y yo comparto esa pasión) es mezclarse con el pueblo llano, descubrir cuál es la verdadera vida cotidiana de los habitantes de los países que visitamos. Y él como nadie sabe reflejar esto en las fotos que hace. Independientemente de que lleve buena cámara, consigue inmortalizar momentos con los que describe perfectamente la vida de las ciudades y sus habitantes: una calle de Chiang Mai, el mercado de productos frescos de Ko Samui (el de verdad, donde compran los tailandeses, no los puestos para turistas de la calle Khao San Road).

Si ya nos vamos a las fotos de los monumentos, sus mejores instantáneas son las de los detalles, más que los planos generales (que tampoco es que sean malos precisamente, ver la foto superior de uno de los imponentes templos de Ayutthaya). Uno de estos ejemplos de foto detalle podría ser la del guerrero del templo blanco de Chiang Rai, que nos dan idea de la suntuosidad y del sentido de un lugar con tan sólo con mirar (y admirar) una pequeña parte de ellos.

La isla sin nombre

Agotados pero cargados de energía positiva tras la primera parte del viaje, llegamos a Ko Tao, o al fin del mundo. Fue un cambio radical con lo que habíamos hecho hasta el momento, y nos adaptamos tan bien a la idiosincrasia del lugar, que hasta decidimos “quitarle el nombre” a Ko Tao y desde el primer momento sólo la llamamos “La Isla”. Incluso a la vuelta, seguimos denominándola así cuando hacemos referencia a ella.

Como no podía ser de otra manera, dado su alto grado de conformidad con las circunstancias que le rodean, el Sr. Marqués se acopló al ritmo isleño. Pudo defenderse por sí mismo en sus momentos de soledad mientras nosotras nos íbamos a disfrutar (yo) y a intentar disfrutar (Hara) de los impresionantes fondos marinos de La Isla. Así, por ejemplo, logró no morirse de hambre ni de sed gracias a unas instrucciones básicas para localizar un restaurante, sus dotes de comunicación y un par de palabras en tailandés: “pad thai” y “Chang”.

Viendo una tarde una puesta de sol, el Sr. Marqués pronuncio otra de sus frases lapidarias, con la que esta vez consiguió resumir exactamente cuál era su estado vital y de ánimo en esos días: “estoy bien. No es una cuestión de que esté meditando, ni pensando en cosas trascendentes, ni en lo que pasará mañana o lo que me ha traído hasta este lugar hoy. Estoy ahora simplemente disfrutando de este momento y ya”. Para qué más. Suficiente.

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