Noviembre de 2011

Cuba en 3 pasos: http://www.3xelmundo.com/cuba-en-3-pasos/

Tras una noche toledana en La Habana, llegamos a Varadero en un autobús desvencijado recorriendo durante horas las maltrechas carreteras cubanas. Eso sí, la parada intermedia, en un chamizo que servía bebidas y tenía unos baños inmundos, estuvo amenizada por un grupo de músicos que tocaban en el arcén de la carretera. Al menos que la música no dejara de sonar.

¿Todo incluido?

Hotel de Varadero

Nunca había estado en un hotel de los de “pulserita”, así que después de las pateadas por La Habana y las escasas horas que había dormido esa noche, sólo quería hacer como en las películas: tirarme en una hamaca de la playa y levantar la mano para que un camarero nos sirviera un mojito. La realidad fue que llegamos unas horas antes de que tuvieran preparada nuestra habitación, así que no nos quedó más remedio que esperar en el hall del hotel. Para entretener la espera llegó un guía turístico y nos ofreció diversas excursiones, de las cuales decidimos contratar la de Cayo Blanco.

Para pagar al guía, nos dirigimos a la casa de cambio del hotel. Mientras esperábamos a que abrieran- porque era la hora de comer y no había nadie, al menos ellos estaban comiendo- nos encontramos con dos turistas bastante pasados de alcohol que habían cogido un carrito para transportar maletas y se dedicaban a correr por los pasillos montados en él. Abrieron la casa de cambio y se lanzaron sobre la ventanilla, con un fajo de billetes en la mano. Les dejamos pasar, total nosotras sólo queríamos cambiar lo justo para hacer la excursión, ya que estábamos en un “todo incluido”. Cuando nos tocó el turno le preguntamos a la chica que atendía cuánto dinero habían cambiado y nos informó sin pestañear que eran turistas rusos y que habían cambiado 5.000 euros. “¿Para qué se necesita tanto dinero en un hotel donde lo tienes todo pagado?” “Chicas, alcohol premium y otras sustancias”. Bendita inocencia la nuestra.

Una vez acomodadas, nos pusimos el bikini y ahora ya sí que era la hora de bajar a la playa. Cabe destacar que mi acompañante trabajaba en la cadena hotelera donde nos alojamos, y por ello, nos dieron una habitación mejor de lo que habíamos reservado (con vistas a un parking) y todos los días nos dejaban un detalle, consistente en una botella de agua de litro y medio. Por supuesto, al marcharnos, agradecimos su hospitalidad vaciando lo poco que nos quedaba en la maleta (salvo la ropa sucia que nos trajimos de vuelta) y que fue muy apreciado por las camareras de piso: kleenex, compresas y Tampax y una bolsa de playa. No nos quedaba más y ellos nos habían atendido lo mejor que habían podido dados sus recursos.

Además de disfrutar de una playa estupenda, también queríamos hacer la “turistada” de tomarnos una bebida en el bar que estaba en mitad de la piscina del hotel. El primer día nos sirvieron una piña colada estupenda, así que los consecutivos volvimos a por más. El camarero nos recomendó el mojito como especialidad de la casa. Ya llevábamos varios días en la isla para saber que no le teníamos que insistir más, así que nos tomamos el mojito.

El fondo del mar

Catamarán camino de Cayo Blanco

El tercer día de nuestra estancia, cogimos un catamarán que nos llevaría a las paradisíacas playas de Cayo Blanco. La excursión comprendía el trayecto en el barco con posibilidad de hacer snorkel, una comida en el cayo en la que anunciaban que habría un plato de langosta y una clase de bachata en la playa por la tarde.

Poco antes de llegar al cayo, el catamarán se detuvo, uno de los tripulantes nos enseñó un cubo donde había máscaras y tubas amontonadas- vete tú a saber el tiempo que llevarían allí, quién las habría utilizado antes, y, sobre todo, cómo las lavarían después de cada uso- y nos indicó que teníamos media hora para irnos a mirar el fondo del mar. Sin pensármelo dos veces cogí la “equipación”, me lancé al agua, y, entre trago y trago de agua, conseguí finalmente estabilizar mi respiración y disfrutar de la experiencia.

El resto del día discurrió sin ningún incidente destacable, compartimos la mesa con unas chicas catalanas muy simpáticas mientras recordábamos entre risas cómo me habían oído toser repetidamente por la ingesta de agua mientras hacía snorkel, y, tras acabar la comida (muy justita tanto de calidad como de cantidad), nos fuimos a la playa a nuestra clase de bachata, a seguir riéndonos al comprobar cómo yo era incapaz de seguir el ritmo del profesor mientras sonaba “ojalá que llueva café” de Juan Luis Guerra de fondo.

Volvimos a Varadero tumbadas en cubierta tomando el sol, mientras que al fondo se oían las risas de otros turistas al participar en juegos en los que ganaban como premio un vaso de una especie de sangría. No es que sea especialmente de marearme, pero preferí no tomar alcohol mientras fuera en el barco. Estaba más a gusto viendo una preciosa puesta de sol y recordando la experiencia de haber visto un increíble fondo marino. Me había picado el gusanillo del buceo. Lo que no sabía en ese momento es que aún tardaría unos años en enfundarme un traje de buzo y conseguiría bajar a 18 metros, pero eso ya es historia de otro post.

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