Septiembre de 2019

Ésta es la primera imagen que tuve de la ciudad, desde una pasarela del BTS Skytrain de Bangkok. Nos había costado un rato salir del aeropuerto, y lo habíamos logrado, según apuntó con acierto el Sr. Marqués, gracias a las indicaciones de mi hermano. Por fin estábamos ya cerca del hotel y teníamos por delante toda la tarde para disfrutarla y un par de días más. Me quedé mirando su skyline y el tráfico desordenado y ruidoso, que me recordó en parte al de El Cairo, pero salvando las distancias: Bangkok “sólo” tiene 8 millones de habitantes frente a los casi 10 de la capital egipcia y, al menos, hay división de carriles pintada en el suelo de las calzadas. Otra cosa es que lo respeten, al igual que el resto de las normas de circulación… Sonreí al verlo. Me gusta el caos, no lo puedo evitar, y por eso supe en ese momento que también me iba a gustar Bangkok. Y no me equivocaba en absoluto.

Parece que va a llover…

Nos echamos a las calles tras dejar nuestras cosas a toda prisa en el hotel Retz Bangkok (muy recomendable, buena relación calidad-precio y bien ubicado, a unos 10 minutos de las paradas de metro y de BTS que te conectan con el centro histórico en unos 20 minutos y en algo más con el resto de los puntos más destacados de la ciudad). No veíamos el momento de estirar las piernas tras 14 horas de vuelo con Qatar Airways (muy recomendable también por precio y por la atención recibida al perder la conexión en Doha por un retraso en Barajas, nos acomodaron en el siguiente vuelo y sólo perdimos 1 hora sobre el horario previsto).

Nuestro paseo se acortó por un imprevisto con el que deberíamos haber contado pero que siempre es complicado de predecir: una lluvia torrencial nos dio la bienvenida a la ciudad a los pocos pasos de salir del hotel. Empezó como unas gotas gruesas cayendo cada vez más deprisa, y de repente nos tuvimos que cobijar, siguiendo el ejemplo de lo que veíamos alrededor, bajo un paso elevado. Allí contemplamos cómo en pocos minutos esas gotas se convertían en un aguacero en toda regla, bajo el cual, los tailandeses, que están más que acostumbrados a ellos, trataban de seguir a su ritmo normal de un lado a otro de la ciudad. Sin mucha paciencia, cuando parecía que amainaba un poco, corrimos hacia la estación de metro, a donde llegamos completamente empapados. Si a los tailandeses la lluvia no les impedía seguir adelante, tampoco lo iba a conseguir con nosotros, ¿no?

Bangkok

Salimos del metro cerca de una de las entradas del barrio chino y del templo del Buda de Oro. Había anochecido y seguía lloviendo. Así pues, dirigimos nuestros pasos hacia uno de los numerosos 7-Eleven que casi en cada esquina de la capital tailandesa, y allí nos pertrechamos de unos plásticos enormes a modo de chubasqueros (1 euro) y otros artículos de necesidad básica para el viaje, como repelente de insectos. En este tipo de tiendas puedes encontrar desde una tirita hasta tomarte un café, realmente fueron un apaño bastante bueno para nosotros durante todo el viaje a un precio módico (la botella de agua de 50 cl. costaba 7 baths, es decir, unos 10 céntimos al cambio).

Dimos una vuelta por la zona y al ver que no paraba de llover, que los templos estaban cerrados y que el cansancio del viaje y del cambio horario empezaba a hacer mella ya en nosotros, volvimos en metro (más información sobre transporte en Bangkok en la sección en 3 pasos) a la zona cercana del hotel a cenar y descansar. Probamos por primera vez el pad thai y la cerveza Chang, que nos produjeron una muy buena primera impresión. Al igual que lo había hecho la ciudad en esta breve toma de contacto.

Wat Arun, el templo del amanecer

En septiembre, empieza a amanecer en Bangkok sobre las 6 de la mañana, así que decidimos levantarnos pronto para aprovechar nuestro día completo en la capital tailandesa. A primera hora, tras una combinación de metro y recorrido en barca (en transporte público, no en los múltiples cruceros que te ofrecen, a un precio considerablemente mayor) por el río Chao Phraya llegamos hasta el Templo del Amanecer, cuando casi acababa de hacerlo en toda la ciudad.

Sólo por contemplar la inmensa pagoda de 79 metros que preside el Wat Arun bien merece el madrugón que nos pegamos. Con tranquilidad y los ojos abiertos como platos a todo lo que íbamos descubriendo, Hará nos explicó al Sr. Marqués y a mí los “conceptos básicos” sobre los templos budistas: la diferencia entre pagoda y estupa (ésta última contiene reliquias, mientras que la anterior no), el concepto de simetría, la importancia de los símbolos, los guerreros que guardan las puertas, las campanas, el gong, la postura y vestimenta correcta para entrar en los templos…

Gran Palacio: grande no, infinito

Guardián del demonio. Gran Palacio

Impresionados por la belleza del Wat Arun y con ganas de más, cruzamos el río en una barca para dirigirnos a otro templo, en este caso el Wat Pho, donde nos esperaba, con toda su inmensidad de 46 metros, el buda reclinado más grande de Tailandia (la mejor foto, la del Sr. Marqués que está en el post dedicado a él).

 Una vez presentados nuestros respetos a este buda espectacular y sonriente, nos encaminamos al cercano complejo del Gran Palacio. Tuvimos que vestirnos “adecuadamente” tal y como rezaba el cartel a la entrada. Por “adecuadamente” se entiende que hay que cubrirse hombros y brazos con, al menos, manga corta, no vale con un pareo como en otros templos. Por ello, en la tienda del recinto nos vendieron a Hara y a mí una camiseta horrorosa con motivos infantiles (era la única que quedaba por talla que nos viniera bien) y así de “adecuadas” hicimos la visita, entre las risas del Sr. Marqués cada vez que nos miraba detenidamente las pintas infames que llevábamos. No se lo puedo criticar, no era para menos.

Si ya nos había merecido el madrugón por ver los dos templos anteriores, en caso del Gran Palacio mereció la pena recorrer cada uno de sus rincones a pesar de nuestro aspecto exterior. Nos recibieron los imponentes Guardianes del Demonio que custodian y miran hacia el Wat Phra Kaew, eltemplo del Buda Esmeralda (el más venerado de Tailandia y de los pocos que no se puede fotografiar), rodeamos el Chedi Dorado (con los guerreros alrededor guardando una reliquia de Buda), admiramos la maqueta de los Templos de Angkor y nos extasiamos con la majestuosidad de cada uno de sus edificios, como la Residencia Real.

El barrio chino.. pero el de verdad

Exhaustos, acostumbrándonos todavía al calor y a la humedad (con la entrada al Wat Phro te regalan “agua potable”, que al final manaba de unas fuentes a las que sólo se acercaban locales para mi desesperación y deshidratación, que en un momento dado casi me hizo lanzarme sobre ellas a riesgo de coger una gastroenteritis), salimos del Gran Palacio con intención de acercarnos hasta el templo del Buda de Oro antes de que cerrara. La distancia no era muy larga, así que cogimos un tuk-tuk. Si nuestra capacidad de regateo fue nula durante todo el viaje, qué decir de este primer trato (nos cobró 300 baths, unos 8 euros, por un recorrido que podríamos haber sacado perfectamente por la mitad). Para que el trayecto nos pareciera más largo de lo que en realidad era y que no le protestáramos el precio, nos dio una vuelta tremenda por todo el barrio chino de Bangkok antes de llegar al templo. En el fondo se lo agradecimos, porque gracias a esta vuelta innecesaria, pudimos ver por primera vez y conocer en profundidad por la tarde esta parte de la ciudad pero “la de verdad”, no la que muestran las guías turísticas.

Buda de Oro

Antes de darnos un paseo ya a pie por las callejuelas del barrio chino, donde éramos los únicos occidentales y donde no nos apetecía mucho sacar la cámara, porque era casi entrar demasiado en su vida cotidiana y en su intimidad, subimos a contemplar el Buda de Oro. Está ubicado en el Wat Traimit, un templo de apariencia medianamente humilde, si lo comparamos con los edificios del Gran Palacio, pero que alberga en su interior una estatua de 5 toneladas y 3 metros de alto de oro macizo. En el exterior del templo, para compensar el esfuerzo de subir casi medio centenar de escalones que en ese momento del día ya se me hacían insalvables, me entretuve con una tradición tailandesa que asegura que da suerte y que sería habitual para mí el resto del viaje: tocar las campanas 3 veces que se encuentran en cada entrada de los templos. Mis compañeros me lo aguantaron con infinita paciencia y estoicidad. Todavía no sabían lo que se les esperaba esa tarde.

Wat Saket: 344 escalones… Y casi tantas campanas

Te lo advierten con esta simpática figura de los monos, por si te lo quieres pensar: hay 344 escalones para subir a la cúpula del Monte Dorado. El recorrido, la vista del atardecer sobre la ciudad, y la posibilidad de ir tocando los gongs y casi tantas campanas como escalones, hacen que el trayecto de subida sea agradable y nada pesado. Siempre se puede elegir un paseo en barco, o una terraza de las azoteas de los hoteles para ver la puesta del sol sobre el skyline de Bangkok, pero la que vimos nosotros tuvo su encanto especial, acunados por el sonido de los rezos de los monjes. Y de las campanas que yo toqué tanto a la subida como a la bajada. (vídeo en el canal de 3xelmundo en Youtube).

Nos quedaban todavía por ver los misterios de la noche de Bangkok, que al descubrirlos nos gustaron “a medias” (ver sección en 3 pasos). Y una vez concluida nuestra vista a la ciudad, tuvimos sensación de que nos faltó tiempo para callejear, descubrir la esencia verdadera y el ritmo de su vida cotidiana, ya que los monumentos más importantes sí que los habíamos visitado a fondo. Nos hubiéramos quedado una semana más como mínimo. Pero así tenemos una excusa para volver. Y estamos casi seguros de que lo haremos.

Bangkok en 3 pasos: http://www.3xelmundo.com/bangkok-3p/

Vídeo de Bangkok en el canal de Youtube de 3xelmundo:

Un comentario sobre “Bangkok: tradición e inmensidad”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *