Agosto de 2013

Bélgica en 3 pasos: http://www.3xelmundo.com/belgica-3p/

Un poco cara para mi gusto, en todo caso. Pero nada qué ver con lo que me habían contado de que es una ciudad gris, en la que hace mucho frío y que no tiene mucha vida nocturna. Para no faltar a la verdad, tengo que explicar que partíamos con unos condicionantes bastante favorables para desmentir esas ideas negativas: fuimos en pleno mes de agosto (sólo nos llovió un día de siete), by the face a casa de una amiga que vivía allí cerca de la Plaza del Grand Sablon– en pleno centro, en uno de los lugares con más encanto de la ciudad- y que en lo que se refiere a la vida nocturna de las ciudades, somos especialistas en… si eso ya lo cuento más adelante.


Primera toma de contacto con la ciudad

Llegamos pronto y sin incidentes al aeropuerto de Charleroi. Es lo que tiene volar con compañías low cost, en este caso Ryanair: los madrugones infames. No me quejo, eh, a cambio puedes viajar a un montón de destinos a los que antes ni podríamos habernos planteado (este viaje en concreto nos costó 80 euros ida y vuelta por persona, año 2013). Pero hay que madrugar. Así que según bajamos del avión medio somnolientos, nos metimos en un autobús que en una hora te deja en la Estación Central de Bruselas. No puedo decir si el recorrido es bonito o feo porque aprovechamos para echar otra cabezadita.

Más despejados tras tres horas de sueño aproximadamente- las del vuelo y la del autobús, que era todo lo que habíamos dormido esa noche- nos plantamos en la estación central con la intención de coger el autobús 28 (como el de la canción, imposible no recordar el número) que nos dejaría en la puerta de casa, según las indicaciones de nuestra amiga: “justo en un lateral de la estación está la cabecera del autobús”. Exactamente ahí, en uno de los laterales de la estación central, a escasos 20 metros de donde te deja el autobús del aeropuerto, hay unas dársenas de dónde salen los autobuses urbanos. Según te bajas del autobús del aeropuerto, a la izquierda. Pues nosotros nos fuimos a la derecha. Para qué. Solamente nos costó hora y media- de reloj- recorrernos todos los alrededores de la estación, preguntar a quien nos encontrábamos en la calle, a un tendero de una especie de “todo a cien” que ni aún con el Google maps supo indicarnos (huelga decir que íbamos sin conexión a datos en el móvil y en ningún momento se nos ocurrió activarla), para, finalmente, casi darnos de bruces con la parada del 28, que estaba donde no se nos había ocurrido mirar en un primer momento.

A pesar de esta accidentada llegada a la ciudad, el recorrido del autobús (breve y por la zona centro de la ciudad) me enseñó una ciudad con edificios cuidados de pocas alturas, sin grandes moles de hormigón, con algún grafiti dibujado con mucho arte, y de repente, me dio la sensación de que la ciudad me iba a gustar. No me equivocaba.

Una vez instalados, se nos hizo la hora de ir a comer, más estando en una ciudad europea en la que calculábamos que los horarios de comida no iban a ser los de España. Para no perder mucho más tiempo en buscar un sitio, nos dimos una vuelta por el barrio a ver qué encontrábamos. Qué pijo y qué precios. Al final, acabamos en un restaurante de una de las calles cercanas a la plaza (ya digo que los de la propia plaza eran intocables para nuestros bolsillos), con una mesa fuera en la calle donde pedimos unas cazuelas de carne en salsa para compartir, unas patatas fritas y, por supuesto, unas cervezas. Muy buena la cerveza belga, pero hay que estudiar un master para poder elegir entre tanta variedad y saber lo que estás pidiendo. En este caso, empezamos con unas con un toque dulce, de cereza. Buscando un dulce, acabamos en una impresionante chocolatería de la plaza, la de Pierre Marcolini , que luego descubrimos que era una de las más prestigiosas de la ciudad, y que intuimos que lo sería nada más entrar y ver los precios de los bombones. A pesar de eso, para darse un capricho o solamente para pasear por el interior de la tienda, merece la pena la visita. Como estábamos recién llegados, dejamos el capricho para otro momento y decidimos echarnos a las calles.

Visita obligada: La Grand Place y el Manneken Pis

Ya sé que es lo que todas las guías de viaje marcan como imprescindible, pero en este caso, puedo afirmar que La Grand Place merece la pena, no sólo por el conjunto monumental de los edificios que la conforman, sino también por cómo va cambiando la idiosincrasia de quien la ocupa en distintos momentos del día: desde los turistas como nosotros (esos a todas horas), a los bruselenses que la atraviesan para ir a sus puestos de trabajo por la mañana o a los grupos de jóvenes que se sientan en el suelo a hacer una especie de botellón muy civilizado en el suelo por la noche. El Manneken Pis puede defraudar por su pequeño tamaño, hay que ir preparado, así que nosotros para compensar esa posible decepción (que realmente no lo fue, hay que ser sincero, pero cualquier excusa es buena para disfrutar de un dulce) nos compramos un gofre en un puesto que había enfrente y así también, ya de paso, nos quitamos el antojo que nos había generado la visita anterior a la chocolatería. Pensábamos que íbamos a pagar la turistada del gofre comprado enfrente del Manneken Pis, pero resultó que, además de estar muy rico, era barato (no recuerdo el importe exacto, pero si hubiera sido una clavada me acordaría y no es así).

Otros lugares que merece la pena visitar de Bruselas

De lo poco que acertaron de lo que me habían contado con antelación a mi visita a Bruselas, es que la ciudad es pequeña y manejable, por lo que salvo para ir a la Estación Central y al Atomium, no usamos mucho el transporte público. Estuvimos 7 días y realmente a Bruselas le dedicaríamos unos 2 (nos fuimos a hacer el recorrido típico de Brujas, Gante y Amberes y un día alquilamos coche para viajar a Amsterdam, pero eso ya serán otras entradas de este blog). Durante esos dos días, fuimos marcando ticks en una lista de básicos imprescindibles que me había hecho una compañera de trabajo, que estuvo viviendo un par de años en Bruselas. Prácticamente, todos los ticks fueron marcados en positivo, salvo uno que nos dejó algo fríos, quizás porque ese día faltaba un poco de ambiente al ser agosto: comer las famosas patatas fritas de Maison Antoine en la Place Jourdan. Estaban ricas, te las puedes llevar a una de las terrazas de la plaza y pedir una cerveza y comerlas (nos sentíamos muy bruselenses haciéndolo), pero sin más. Echamos de menos un poco más de “movimiento” a nuestro alrededor.

Maison Antoine

Por lo demás, por nombrar algunos de esos ticks de lugares que merece la pena visitar, en mi opinión, son: el Atomium, las Galerías Royales Saint-Hubert, las plazas del Grand Sablon y el Petit Sablon y aledaños, la zona del Palacio Real y la zona de los edificios de la Unión Europea, en uno de cuyos laterales está el Parque del Cincuentenario y el Arco del Triunfo, dos áreas muy agradables de pasear. Como agradable es perderse (en nuestro caso lo de perderse fue literal, ahora explico por qué) por las callejuelas del centro de la ciudad, con esa mezcla de tradición y arte urbano rompedor que se puede ver en sus cafés, librerías, grafitis o en una bandera de la república española que vimos una tarde ondeando en un balcón.

Por Dios, ¿dónde está el Dalí?

Aunque no estuvimos todos los días en Bruselas, sí que salimos todas las noches (a excepción de la que pasamos en Amsterdam). Y de ahí es de dónde podemos decir con rotundidad y de primera mano que de ciudad aburrida y sin marcha, nada de nada. La primera noche, sin ir más lejos, volvimos a casa a las 8 de la mañana. Hay bares abiertos hasta esa hora. Doy fe. Aunque normalmente cenábamos en casa y después salíamos, quiero hacer una mención especial a Chez Leon también omnipresente en toda guía turística de Bruselas que se precie, con una calidad y un precio bastante razonables a pesar de ser un sitio típicamente turístico. Allí se pueden degustar, entre otras, infinidad de variedades de mejillones, otra de las especialidades de la cocina belga.

Por recomendar algún sitio para salir, visita obligada a Delirium Café, una de las cervecerías más conocidas de la ciudad, era siempre nuestra primera parada. Te puedes pasar horas eligiendo una cerveza entre sus más de 2.000 marcas de cervezas (está en el libro Guinness de los récords). La cervecería comparte callejón – el Impasse de la Fidélité- y terraza con el bar Floris, donde pasábamos a pedirnos alguna copa, a pesar de que no tuvieran refresco de limón. La terraza estaba siempre animada, y además de los personajes peculiares que conocimos allí, a la que saludábamos todas las noches era a Jeanneke Pis, la réplica femenina enjaulada del Manneken Pis, que nos contemplaba sonriente desde su encierro.

Jeanneke Pis

Pero para personajes, los que encontramos en el Dali’s Bar. Después de estar en el Delirium Café y en el Floris hasta que los cerramos la primera noche que llegamos a Bruselas, acabamos en este bar donde sí que había refresco de limón, para las copas de Flower, que en ese momento vio el cielo abierto al poder tomarse una copa en condiciones. El cielo abierto, pero los ojos bien cerrados, ella y nosotros, sin darnos cuenta de la clientela que nos rodeaba. Al rato de estar allí, se nos acercó un chaval, que nos contó en español que era marroquí y más o menos nos insinuó, por si estábamos interesados, que tenía relación con el trapicheo de droga, al igual que otros compatriotas suyos que pululaban por las calles de Bruselas, que primero pasaban por nuestro país y luego ya daban el salto al resto de países europeos. Por eso sabía hablar español.

No estábamos interesados en lo que nos proponía, pero tampoco teníamos ganas de acabar la noche, así que nos fuimos con él a un bar donde normalmente van los erasmus, cerca de la Grand Place y donde pretendía entrar con nosotros. El portero, para mí que ya le conocía de antes, nos dejó pasar a los tres, pero a él no. Allí cerramos la noche y bien entrada la mañana, nos fuimos a casa a descansar. A pesar de que el ambiente del Dali’s Bar no nos pareció lo más selecto de la sociedad de Bruselas, decidimos volver a la noche siguiente. Jamás lo encontramos. Lo buscamos las 6 noches que estuvimos en la ciudad, todas y cada una de ellas. Hicimos el recorrido de memoria, alguna tarde de día, todas las noches, probamos con el Google maps, con mapas impresos de los de toda la vida… No hubo manera de encontrarlo. Si no tuviéramos fotos del bar, podríamos pensar que era un lugar fantasma, que nunca existió o nunca estuvimos allí, pero no podía ser. Seguro que hoy, 5 años más tarde,  ya ha cambiado de ambiente- de hecho hay una reseña sobre él en la web oficial de Turismo de Bruselas, así que, por favor, si alguien va a Bruselas que vaya allí y que nos demuestre que esa noche no fue fruto de nuestra imaginación.

Dali’s Bar

Y por supuesto, teníamos que encontrarlo en Bruselas

De todas formas, el Dali’s Bar no es el sitio nocturno más raro que pisamos en Bruselas. Si para buscar el Dali’s lo que queríamos era un refresco de limón, esta vez, nos perdió el vicio del tabaco. Qué malo es fumar. En qué momento no nos paramos a pensar que con una legislación muy restrictiva que prohíbe fumar en los establecimientos de restauración, por qué en ese bar sí que se podía fumar. En nuestra disculpa diré que no tenía luces de colores en la puerta y que además estaba muy cerca de la Grand Place. Pero vamos, que no hay excusa, que no pensamos ni un momento en la puerta. Para qué. “Ah, que en este bar se puede fumar”. Pues cigarro encendido y hasta el fondo, que está ahí la barra. Y a pedir una copa. Y una vez que nos la pusieron, fue cuando nos dimos cuenta de los movimientos extraños del resto de clientes del bar, que en ese momento se componían exclusivamente de: un chico joven rodeado de un grupo de chicas que se lo disputaban y un tipo siniestro que miraba y organizaba la escena desde la barra. Tardamos en irnos lo que nos duró la copa. De hecho creo que ni nos la terminamos, y el Sr. Marqués ni siquiera se atrevió a ir solo al baño, que estaba en la planta baja del bar, a la que se accedía por una escalera sinuosa situada al lado de la barra, al comienzo de la cual estaba el tipo siniestro que no dejaba de mirarnos….

No sabemos por qué, pero en los viajes que hicimos en esos años, siempre acabamos por uno u otro motivo, en bares como éste en los que “dejaban fumar”. Lo mejor de todo es que seguimos vivos para poder contarlo, porque en alguno de ellos sí que llegamos a pasar realmente miedo. Pero eso ya es historia de otros viajes y de próximas entradas de este blog.

4 comentarios en “Bruselas: ni fea, ni fría, ni aburrida”

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