Octubre de 2015

Éste era el nombre del recorrido que escogimos para viajar durante 5 días por el interior de Marruecos. Desde luego, no podía tener un nombre más sugerente. Después de disfrutar de la fascinante ciudad de Marrakech, lo que vivimos durante esos días nos corroboró que, desde luego, la descripción no podía ser más exacta. Sólo le faltaba mencionar un pequeño detalle, el desierto, para mí uno de los momentos más impactantes de todo el viaje.

Casablanca, Rabat y Meknes: el viaje de Gila

Mezquita de Hassan II en Casablanca

En el post sobre Brujas, Amberes y Gante explico lo que significa hacer un recorrido al “estilo de Gila” para aquellos que no entendáis el símil por haberos perdido sus memorables monólogos. Siempre os quedará Youtube, si tenéis la curiosidad.

Pues de la misma manera que Gila describe su viaje por Europa, así vimos nosotros estas tres ciudades: en un mismo día. A pesar de que nos recogió un chófer puntualmente a las 7 de la mañana en el hotel de Marrakech, la distancia entre las ciudades y el estado de las carreteras nos limitó el tiempo de visita en cada una de las localidades.

Vimos Casablanca por la mañana, con una vista panorámica de la ciudad desde el coche, desde donde vimos su famosa corniche, que comparan – para mi gusto sin éxito- con el malecón de La Habana y una visita guiada en español a la Mezquita de Hassan II, la tercera más grande del mundo).

Comimos en Rabat, de la que destacaría su parte amurallada (que visitamos en una media hora o así) y, de la parte más moderna, un boulevard con algunos edificios de estilo colonial como el de la foto. Por la tarde visitamos el mausoleo de Mohamed V y nos volvimos a meter en el coche para hacer un viaje de un par de horas hasta Meknes. Llegamos al atardecer y sólo pudimos admirar un bonito atardecer en las cercanías del Mausoleo de Mulaí Ismail. Una lástima que no pudiéramos visitar realmente esta ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad.

Como pasamos más de 12 horas de recorrido con un chófer-guía amable y a mí es difícil callarme ni aún debajo del agua (casi literal), aproveché el viaje para admirar el paisaje y preguntarte todo tipo de cuestiones sobre las costumbres, la sociedad y la cultura marroquí. Me las fue contestando con su infinita paciencia, mientras mi compañera de viaje dormitaba a ratos en el asiento trasero. Ya que éramos las dos únicas integrantes del “grupo”, era mi oportunidad para dar respuesta a todas las preguntas que mi curiosidad innata hacía que me plantease al descubrir un país nuevo para mí.

De este recorrido y charla con el chófer recuerdo tres cosas principalmente: Una, las múltiples preguntas y vueltas que le dio para conocer nuestra vida privada, de dónde éramos, de qué nos conocíamos entre nosotras… Tras muchas horas de viaje y charla, a eso de media tarde terminó confesándome que me preguntaba tantas cosas sobre mi vida privada porque le habíamos parecido lesbianas cuando nos recogió en el hotel: dos chicas solas, una con el pelo corto y pantalones “cagaos”, que en Marruecos sólo visten los hombres, (yo), y otra rubia, con su melena y maquillada (mi acompañante). Diferencias culturales.

La segunda: el estado de las carreteras (en general malo) y lo orgullosos que estaban de la autovía que une Marrakech con Casablanca (en 2015 todavía con algunos tramos en construcción). Por cierto, los radares son humanos, literalmente: son agentes de circulación con una cámara agazapados tras unos arbustos. O por lo menos lo eran hace 4 años.

Y la tercera: el paisaje de Rabat a Meknes, el más parecido al que podemos encontrar en cualquier carretera española de todo el viaje por Marruecos. Cuando íbamos por las montañas y no había carteles en árabe o no se veía algún pueblo en el horizonte, podría haber asegurado que seguía sin salir de mi país. Fue un momento de comprobar cuántos lazos nos unen realmente a este país vecino. Lo diferente, los contrastes, lo autóctono, aún estaba por llegar.

La medina infinita de Fez  

Medina de Fez

En Meknes nos recogió Ayyashi, nuestro nuevo chófer-guía, que hizo más de chófer que de guía durante el resto del viaje. Debido a su limitado dominio del español (aunque ya me gustaría a mí hablar árabe como él se defendía en nuestro idioma) no nos pudo explicar mucho de los sitios donde parábamos en el recorrido ni del trayecto en sí mismo, pero condujo muy bien por todas las carreteras en una furgoneta en la que ya estábamos todo el “grupo” al completo: un matrimonio venezolano encantador y nosotras. A falta de explicaciones de guía, charlábamos entre nosotros y a la vez que descubrimos Marruecos también nos enteramos de cómo era la difícil situación de Venezuela en aquellos días.

En Fez tuvimos guía propio para adentrarnos en su medina, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1981 y considerada la mayor del mundo. Data del siglo VIII y comprende una superficie de unas 350 hectáreas, divididas en 300 barrios, cada uno de ellos con su mezquita, hamman, escuela coránica, horno y fuente. Son como unidades independientes dentro de la gran urbe, que, sin embargo, coinciden en algo: el respeto por la tradición. La estrechez de sus calles- en su mayoría son callejones más que calles- no permite el paso de vehículos, solamente circulan algunas pocas motocicletas que pasan a gran velocidad entre los viandantes. Es muy fácil perderse y algunas zonas no son muy recomendables por cuestiones de seguridad, así que las visitas de los turistas son guiadas. Todo esto nos lo explicó el guía con un deje de orgullo en la voz al presentarnos la medina desde una colina a las afueras de Fez, donde pudimos contemplar su inmensidad. Una vez que nos adentramos en ella, comprobamos que no se había equivocado ni un ápice en las explicaciones, si por “respeto a las tradiciones” se entiende que el tiempo parece haberse detenido en el siglo VIII cuando fue construida, pero en el sentido literal, sin beneficiarse sus habitantes de algunos de los progresos de la modernidad en sanidad, higiene o agua corriente en las casas, por ejemplo.

curtidores en medina de Fez

Dentro de la medina se encuentran los distintos oficios agrupados por gremios (curtidores, perfumistas…). Los únicos que se hayan a las afueras son sus conocidos ceramistas, dado el alto grado de toxicidad de los materiales que manipulan y los gases que desprenden sus hornos. Nos fueron explicando y vimos in situ el proceso artesanal de trabajo cada uno de estos gremios y al final, nos llevaban a una tienda por si queríamos comprar algún producto. Al ver a los curtidores, en su mayoría muy jóvenes, metidos en tinajas hasta la cintura donde mezclan los tintes para darle color a las pieles, la única expresión que salió de mis labios fue “prometo no volver a quejarme de mi trabajo en una temporada”. Y lo cumplí.

Palmeras y adobe

valle de Kelaa M’Gouna

Una vez que nos adentramos en el Atlas, el paisaje ya dejó de recordarnos a España. Fuimos recorriendo parajes singulares como las gargantas del Todra, unos riscos rocosos de 100 metros de altura en algunos casos que flanquean el río o el valle de Kelaa M’Gouna (en la foto superior) conocido también como el Valle de las Rosas. También nos detuvimos en algunas poblaciones para admirar sus impresionantes kasbahs, o fortalezas de adobe.

De todos los que pudimos ver por el camino en esta zona, destaco especialmente dos: el Kasbah de Taourirt en Ouarzarzate, con sus imponentes muros de adobe decorados y reluciendo en distintos tonos ocres con el sol de la mañana, y el Ksar de Ait Ben Haddou, Patrimonio de la Humanidad, una ciudad amurallada (de hecho Ksar significa precisamente eso) que en la antigüedad era un enclave comercial muy relevante dentro de Marruecos por su posición estratégica y que en la actualidad se ha convertido en escenario de películas tan famosas como Lawrence de Arabia o La Última Tentación de Cristo. Los impresionantes parajes y construcciones que rodean la ciudad de Ouarzarzate hacen de ella un escenario recurrente para el rodaje de largometrajes, y de hecho cuenta con los estudios de cine más grandes del mundo (ver sección Marruecos en 3 pasos).

Paz y energía en mitad del desierto

amanecer en el desierto

Llegaba el momento de entrar en lo desconocido, en el mundo mágico y particular del desierto. Ayyashi no podía ocultar su emoción por llegar, de hecho nos contó que él provenía de un pequeño pueblo cercano a las dunas, y había trabajado como guía en el desierto. Nos aseguró que sabía orientarse de noche en él, siguiendo las estrellas.

Al igual que nos pasó en Meknes, llegamos tarde a las Dunas de Merzouga, y nos perdimos lo que sin duda debió ser un espectacular atardecer. Al menos llegamos a tiempo para acomodarnos y cenar en el campamento, regentado por unos amigos de Ayyashi, que nos permitieron meter unas cuantas latas de cerveza y guardarlas en la nevera. En los campamentos se supone que no se puede beber alcohol.

Nos ofrecieron dos opciones de alojamiento: una habitación en una especie de hostal de una planta que habían construido en mitad de la nada o quedarnos en una jaima. Por supuesto, escogimos la segunda opción, por ser la más auténtica (foto en la sección Marruecos en 3 pasos). Nuestra jaima estaba construida con 4 telas mal puestas sujetadas por un tronco de árbol, dos camas cochambrosas cubiertas por dos mantas mugrientas sobre las que paseaban los gatos del campamento a sus anchas, y una alfombra igual de destartalada en la que correteaban las cucarachas. Si lo que queríamos era descubrir cuál era el modo de vida de los bereberes, desde luego que la experiencia en la jaima lo fue.

Tuvimos cena típica y música con tambores alrededor de una fogata. A pesar de coincidir en el campamento con otro grupo de españoles, no estuvieron especialmente animados, y por supuesto, fuimos los últimos en retirarnos a dormir. Me costó conciliar el sueño, por lo incómodo de la cama y por el frío. Justo antes de la cena, nos habíamos “escapado” unos metros de la zona cercada del campamento guiados por Ayyashi hasta una duna donde pude contemplar en silencio y en completa oscuridad el cielo estrellado más bonito que he visto en mi vida. Traté de recordar esa imagen, para dormirme y no pensar en qué tipo de bicho estaría haciendo los ruidos que sonaban alrededor de mí en la jaima y que se escuchaban perfectamente en el silencio absoluto de la noche.

Al día siguiente, nos quedaba el momento que yo recuerdo con mayor impacto de todo lo vivido en el desierto: el amanecer. Después de un paseo en camello (que yo no disfruté especialmente, la verdad, soy bastante miedosa y no veía yo muy asegurada mi estabilidad encima de aquel animal) nos llevaron hasta una duna elevada donde contemplamos cómo iba cambiando el colorido del cielo y del paisaje, desde los tonos azulados hasta los dorados intensos de la tierra cuando salió el sol. Fue un momento mágico, en el que el calor de los primeros rayos me iba invadiendo y alejando el frío que llevaba en el cuerpo tras la noche toledana que había pasado. Y me sentí llena de energía contemplando aquel paisaje único.

Cuando llegué al desayuno estaba de buen humor. Y eso es inédito y memorable para mí, porque es uno de los pocos días en mi vida (y ya voy teniendo unos añitos) en los que me he pegado un madrugón sin protestar. Y con una sonrisa en la cara. Después de la experiencia mística en mitad de la nada del desierto, me di cuenta de que, realmente, el viaje a Marruecos en su totalidad así lo estaba mereciendo. Y volví a sonreír.

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