Escocia. Julio de 2008

Escocia en 3 pasos: http://www.3xelmundo.com/escocia-3p/

Glasgow y Edimburgo mantienen una rivalidad parecida a la que hay entre Madrid y Barcelona. Una rivalidad que yo no comparto en ninguna de las dos circunstancias, ya que considero que cada ciudad tiene su encanto especial y no son comparables. De hecho, sin ningún ánimo beligerante allí estábamos 7 madrileños, 6 catalanas, un maño y un riojano (esto parece el comienzo de un chiste pero puedo asegurar que es totalmente cierto) dispuestos a recorrer juntos cada uno de sus rincones, ya que para algo nos habíamos constituido como La Peña Estuarda.

Glasgow en rojo y negro

Conocimos Escocia aquel verano de 2008 en un viaje organizado, muy a mi pesar, ya que prefiero siempre ir por mi cuenta. Una de las razones que me convenció para hacerlo fue el que al menos tuviéramos tiempo libre para ver las dos ciudades claves del país (en un post futuro contaré el resto del recorrido entre castillos cargados de historia, montañas, valles y lagos infinitos). Glasgow lo veríamos a la llegada y Edimburgo pondría el colofón final al viaje.

Glasgow nos recibió una mañana soleada, que aprovechamos para lanzarnos sin mapa, sin miedo ni vergüenza, a recorrer sus principales calles y monumentos: la Universidad, la Catedral de San Mungo, City Chambers, Merchant Square, Buchanan Street o Sauchiehall Street.

Así fuimos descubriendo una ciudad monumental- en contra de la idea de ciudad industrializada que siempre nos habían dicho que era- con algunos lugares con encanto, calles peatonales interminables para hacer compras o para dar un paseo y una arquitectura en la que predominan los colores rojo del ladrillo y el negro de los grandes monumentos, como la catedral o la universidad.

Gente humilde y cercana

Además del buen sabor de boca que nos dejó ese primer vistazo por Glasgow, el recuerdo más relevante que nos llevamos de allí fue la amabilidad de sus habitantes. Desde la chica que me pidió un cigarro en mitad de la calle e insistía en pagármelo, pasando por el camarero del bar que no nos timó aunque yo fui incapaz de entender cuánto costaban 3 cervezas (3,90 euros, qué bajón, yo que pensaba que me expresaba correctamente en inglés) y concluyendo con los personajes variopintos que estaban de afterwork en un pub infame al lado de nuestro hotel y que terminaron siendo amigos para siempre, regalándonos botellas pequeñas de whisky y alabando mi inglés, que debía haber mejorado mucho desde el anterior bar tras varias cervezas. Ni qué decir que llegamos al hotel muy contentos, en el amplio sentido de la palabra, y le contamos a nuestros compañeros del grupo lo que nos había pasado durante el día. Así se formó la Peña Estuarda, con aquellos que no dudaron ni un momento en acompañarnos tras la cena al pub donde habíamos estado por el día. El pub estaba vacío, pero esa noche fue el comienzo de una nueva amistad que hoy en día todavía dura con algunos integrantes de esa Peña Estuarda. Lo que ha unido los bares que no lo separe el tiempo.

La Pasionaria

La visita guiada del día siguiente nos sirvió para poner orden en todo lo que habíamos visto el día anterior y descubrir rincones nuevos de una ciudad con idiosincrasia obrera y sindicalista. Una muestra curiosa de este carácter es la estatua de La Pasionaria, erigida en honor de los brigadistas de Glasgow que lucharon en el bando republicano en la guerra civil española.  Nuestros amigos del pub nos habían explicado el día anterior que, de algún modo y por carácter, se sentían cercanos a los españoles, más incluso que de sus paisanos de Edimburgo, que era una ciudad que no nos iba a gustar nada. Salimos de Glasgow con la impresión de que nos habían robado un poquito el corazón, sin saber que nos quedaba por descubrir otra gran ciudad que hizo bueno el dicho de que las comparaciones son odiosas.

Edimburgo y su grandeza estuarda

“Entramos en Edimburgo, la segunda ciudad en importancia en Escocia. El 14 de diciembre de 1542, María Estuardo…”. Me recosté en el asiento del autocar y a dormir unos 10 minutos más. La voz monótona de la guía y sus explicaciones históricas llenas de cifras y parentescos familiares de la familia Estuardo no lograban más que provocar nuestra somnolencia. Imposible darle menos gracia a la historia apasionante de un país.

Paramos justo cerca del Castillo, uno de los dos extremos de la Royal Mile. En ese momento, la guía aprovechó para explicarnos que la milla escocesa mide algo más de 1.800 metros y que esa era la longitud de la calle. Y que nos hacía un recorrido explicado por ella en autocar al módico precio de 40 euros. Tardamos en bajarnos del autocar lo que nos costó ponernos de pie y salir huyendo, aletargados como estábamos aún  tras sus últimas explicaciones.

The Royal Mile

La leyenda del Sr. Marqués se consolida

Nunca un paseo mereció tanto la pena. La calle entera es monumental, está flanqueada por callejuelas y patios interiores de casas, así como por uno de los monumentos más relevantes de la ciudad: La Catedral de Saint Giles. Nos habían contado que su interior merece la pena una visita, pero no pudimos acceder porque ese día se celebraba un acto especialmente relevante para Edimburgo y había una ceremonia militar privada en el interior, a la que habían acudido todas las autoridades de la ciudad y alrededores. Todo esto lo sabemos porque no lo explicó el chofer que esperaba a Lord Janderpeich y Lady de Janderpeich (imposible entender su apellido, así que menos recordarlo). Justo fue el momento en el que los invitados empezaron a desalojar la iglesia, con el sonido de las gaitas de fondo. El chofer nos seguía indicando nombres y cargos ininteligibles a la vez que yo me sorprendía de que no hubiera guardaespaldas ni nadie de seguridad que echara de allí a dos turistas curiosos que charlaban con él. Mientras tanto, el Sr. Marqués decidió que quería una foto para la posteridad con gente de alta alcurnia como él. Faltaría más. A las órdenes del Sr. Marqués.

Bullicio incesante y colores brillantes

Si Glasgow nos pareció a rasgos generales estar pintada de rojo y negro, una vez que sales de la zona monumental de Edimburgo, sorprende el colorido de las casas de algunas calles, especialmente la de Victoria Street, que recorrimos varias veces en distintos sentidos parándonos en cada una de sus tiendas: una librería, una floristería.. Todo muy cuidado y de estética vintage. Imposible elegir cuál nos gustaba más.

Victoria Street

En el paseo por cualquier calle de Edimburgo, puedes oír hablar en castellano, debido a la concentración de Erasmus que pueblan la ciudad. Conociéndola, tan llena de vida cultural y nocturna, se puede entender muy bien por qué. Un ejemplo de sus pubs es el Bobby’s Bar, que además de ser un bar muy agradable para tomarse una cerveza, tiene en su puerta la estatua de un perro con leyenda por su fidelidad a su amo.

Bobby’s Bar

Como no podíamos ser menos, decidimos sumergirnos de lleno en la noche de Edimburgo, y la empezamos con una “turistada” que estaba muy de moda entonces en Edimburgo: dar una vuelta a la ciudad en limusina. En cualquier pub que entraras había tarjetas de las casas de alquiler, así que cogimos una al azar y, esta vez sí, me hice entender en inglés (me había costado nada más que 7 días acostumbrarme al acento escocés, no está mal) y reservé una para la Peña Estuarda. Para algo llevábamos entre nosotros a alguien de la nobleza, el Sr. Marqués, al que queríamos pasear en un vehículo a su altura.

Después de un recorrido de menos de una hora, aderezado por algo que definían en la reserva como champán, las botellitas de whisky que nos habíamos llevado de Glasgow y una música estridente, nos bajamos medio mareados de la limusina. Nos dirigimos hacia la zona de pubs del centro, donde comprobamos que era tan fácil hacer amigos como en Glasgow, pero algo más difícil hacernos entender cuando preguntamos a las 5 de la madrugada por un bar abierto y al grito de “follow me” terminamos siguiendo en mitad de la niebla a una lugareña descalza que nos llevó a un sitio de comida rápida, donde decidimos dar por concluida la noche engullendo un trozo de pizza de mala calidad. Ese fue el fin de fiesta y el fin del viaje, porque al día siguiente terminaron las aventuras de la Peña Estuarda por tierras escocesas con la vuelta a nuestras respectivas ciudades de origen.

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