Septiembre de 2019

Un país con tres capitales: Bangkok (la actual), Sukhothai (que será tema de otro post) y Ayuttahya, ciudad que no conseguí recordar nunca bien su nombre y que, todavía hoy, después de haberla visitado, aún me cuesta pronunciar. Para llegar a Tailandia nos habíamos hecho 14 horas de vuelo más escalas y estábamos a más de 10.000 kilómetros de casa, vete tú a saber cuándo volveremos… ¿Nos íbamos a perder alguna de ellas? Por supuesto que no.

Pañuelos amarillos

Madrugón infame para llegar a Ayutthaya a primera hora y aprovechar el día. Esta ciudad está a unos 80 kilómetros de Bangkok, con lo cual se puede visitar en una jornada y volver a la capital tailandesa si no quieres pasar la noche allí. Y ese era nuestro plan. Así que a las 7 de la mañana ya estábamos echados a las calles para coger el BTS, el metro y un taxi que nos llevara hasta la estación de autobuses de Mo Chit 2 (todos los detalles del surrealista recorrido en la sección «en 3 pasos«). De allí salen furgonetas de 9 plazas de «manera regular», es decir, según se van llenando. Nuestra madrugada tuvo su recompensa y nos «acomodamos» en la primera. Ni qué decir que sin haber salido del atasco habitual de Bangkok ya estábamos los tres dormidos.

Nos despertó el conductor a gritos y por señas nos indicó que nos bajáramos. Es el método habitual para avisar de las paradas, especialmente a aquellos que no hablamos una palabra de tailandés. Tal cual pusimos un pie en tierra rezando por haber llegado a Ayutthaya y no a cualquier otro lugar del planeta, se nos abalanzaron sobre nosotros algunos conductores de tuk tuks con un cartel en la mano en la que se veían fotografías de los templos. Hubo uno que nos perseguía por toda la calle, hasta que conseguimos hacernos entender con él de que, antes de empezar el recorrido turístico, teníamos 3 necesidades: tomarnos un café para despejarnos, cambiar dinero y localizar un baño. Se quedó esperándonos y vigilando nuestros movimientos desde una esquina de la calle donde tenía aparcado su maltrecho vehículo.

Tardamos casi una hora en cubrir estas tres necesidades. Primero nos dirigimos a un puesto callejero en busca de un café (lo que tenían era «de puchero y calcetín», de los del siglo pasado aquí) así que como todavía no me atrevía mucho con el agua con el que pudieran haberlo elaborado, me pedí una Coca Cola. Después al banco, donde éramos los únicos extranjeros y nos pidieron y revisaron la documentación y los billetes mil veces antes darnos el cambio. Y por último el baño. No había estación, ni bares ni nada parecido, nos habían soltado en mitad de una calle. Así que empezamos a preguntar por «toilet» a los escasos viandantes que nos encontrábamos, y nos indicaron una entrada a una casa particular. Allí que fuimos, y descubrimos un pasillo angosto y una puerta, flanqueada por una señora que tendría todos los años del mundo y un posible síndrome de Diógenes (por la multitud de cacharros desvencijados que la rodeaban) que nos pidió 3 baths por persona (unos 20 céntimos de euro los tres) para usar su baño. Uno con las peores condiciones higiénicas de los que he estado en mi vida, pero en ese momento no estábamos para elegir.

Una vez «resueltos nuestros asuntos» volvimos al paciente conductor de tuk tuk que nos esperaba en la acera de enfrente. Comenzó la negociación, que se resolvió en 1 minuto, dado nuestro nulo interés y habilidad para el regateo y en los precios que nos ofrecía (300 baths la hora que los dejamos en 200 baths, unos 5 euros la hora). A cambio dispondríamos de conductor para nosotros solos, que nos acompañaría de las 10 a las 5 tarde a ver 9 templos y nos llevaría a un sitio a comer a mediodía (posiblemente de algún conocido/familiar, ya que nos ofrecimos a pagarle la comida y nos dijo que la tenía pagada si llevaba a algún turista allí- y donde junto a otra mesa éramos los únicos comensales del local).

Nos montamos en el tuk tuk y el conductor comenzó su recorrido a su libre albedrío, aunque nosotros llevábamos los deberes hechos de casa para no perdernos ninguna de las recomendaciones esenciales que nos había hecho mi hermano. El Parque Histórico de Ayutthaya, donde están las ruinas de lo que fue la capital del reino de Siam (antigua denominación de Tailandia) fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1991 y, en mi humilde opinión, se ha ganado con creces este reconocimiento.

El primer templo que visitamos fue el Wat Yai Chai Mongkhon uno de los mejor conservados, más conocido y, por tanto, más atestado de turistas. Sin embargo, aún conserva un aspecto muy tradicional: la posibilidad de participar en el ritual de «vestir» a uno de los budas que rodean el inmenso patio del edificio central con un pañuelo amarillo, que se adquiere mediante donación y que no puedes llevarte de souvenir (vídeo en Youtube). Por cierto, para mi gusto, quien mejor luce el pañuelo amarillo es el buda reclinado de 7 metros de longitud (ver foto arriba) que se encuentra en el templo. Impresionante.

Una cabeza de buda en un árbol

Buda en árbol_Wat Mahathat_Ayutthaya

Sin duda, una de las «rarezas» más fotografiadas por los turistas en Ayutthaya es la cabeza de este buda que se encuentra rodeada por las raíces del árbol Bodhi, considerado sagrado para los budistas. Por supuesto hay varias leyendas sobre cómo la cabeza llegó hasta ese lugar, pero la mayoría apuntan a que fue después de la invasión birmana de Ayutthaya en 1767, que destruyó gran parte de la ciudad, templos incluidos. Esta cabeza fue encontrada a partir de 1950, cuando comenzaron los trabajos de reconstrucción del Parque Histórico de Ayutthaya. Cuenta la leyenda que el árbol sagrado protegió con sus raíces la cabeza del buda, incluso salvándola de un intento de robo, que se frustró por la imposibilidad del ladrón de sacarla fuera de las paredes del templo. Sea como fuere, es uno de los puntos más visitados de Ayutthaya, ya sea para hacerse el consabido selfie o como lugar de devoción y peregrinación budista.

Wat Mahathat

Por cierto, el templo donde se encuentra ubicado este árbol con una cabeza de buda es el Wat Mahathat, que bien merece una visita, además de para contemplar su «excentricidad» más conocida. Construido en estilo jemer en el siglo XIV y aunque buena parte esté en ruinas, sus trabajos de reconstrucción y conservación ayudan bastante a imaginar cuál sería la suntuosidad que debió tener en su momento.

No todo son ruinas

Wat Phra Si Sanphet

Y seguíamos yendo de templo en templo en tuk tuk (canal de Youtube de 3xelmundo) y en algunos casos andando, dada su cercanía. Así pudimos ver algunos en ruinas, de estilo jemer y con grandes similitudes con los templos de Angkor en Camboya: el impresionante Wat Phra Si Sanphet, que fue en el siglo XIV el templo más sagrado ubicado dentro del palacio real, o el Wat Rachaburana, reconocible por su prang central restaurado.

buda de oro en Wat Panan Choeng

Y así, «entre ruina y ruina», el Wat Panan Choeng, un templo del siglo XIV en perfecto estado de conservación que alberga en su interior un buda dorado de 19 metros de altura; el monasterio con el Wat Phu Khao Thong y su estupa blanca gigante (ver sección «en 3 pasos«), ubicado en el Monte Dorado con unas espectaculares vistas de la ciudad de Ayutthaya, o el templo Wat Lokayasutharam, con su imponente Phra Bhuddhasaiyart, un buda reclinado de casi 40 metros de longitud construído con ladrillos y cemento.

Phra Bhuddhasaiyart en Wat Lokayasutharam

La guinda del pastel

Durante la jornada habíamos vuelto al pasado esplendoroso de Ayutthaya a través de sus templos y ruinas, habíamos tomado contacto con su vida cotidiana a través del traslado en tuk tuk y la experiencia del viaje en furgoneta y del baño a primera hora, y nos quedaba por ver dos peculiaridades también muy conocidas de la antigua capital del reino de Siam.

Así llegamos a su famoso mercado flotante por la tarde a punto de cerrar, pero aún así nos cobraron una entrada que daba derecho a un paseo en barca (totalmente particular en este caso, no nos cruzamos con nadie en el camino). Hicimos el recorrido acuático de una media hora y nos fuimos sin comprar nada, ya que no hubo ocasión.

Justo al lado del mercado flotante había un recinto donde guardaban a los elefantes, que son un medio de transporte muy común dentro del Parque Histórico de Ayyuthaya. Como no quedaba nadie por allí a esas horas, nos dejaron acercarnos a los animales y ver cómo los alimentaban y limpiaban.

Era hora de regresar. Nuestro conductor de tuk tuk había quedado para jugar un partido de fútbol con sus amigos y ya nos había regalado hora y media extra sobre el horario contratado (que, evidentemente, recompensamos con una propina). Nos dejó donde paraban las furgonetas de vuelta a Bangkok (en otro sitio distinto de donde habíamos llegado por la mañana) y nos despidió con una gran sonrisa y deseándonos mucha suerte, un gesto de cortesía muy valorado en Tailandia y que nosotros apreciamos mucho devolviéndole la misma sonrisa y el cumplido. Sin duda, el día que habíamos pasado en Ayutthaya bien lo merecía.

Ayutthaya en 3 Pasos: http://www.3xelmundo.com/ayutthaya-3p/

Vídeo sobre Ayutthaya en el canal de 3xelmundo en Youtube:

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