Septiembre de 2019

Cogimos el autobús a las 2 de la madrugada en la estación de Sukhothai. Teníamos como unas 6 horas hasta llegar a Chiang Mai (la guía sobre cómo llegar y moverse en la ciudad en la sección «en 3 pasos«). Me acomodé lo mejor que pude y, dado el cansancio del ajetreado día y el relax que me produjo el masaje tailandés, me quedé dormida profundamente, hasta que llegamos a la ciudad.

Me desperté con bastante energía y con hambre, señal de que había descansado bien. En la destartalada estación de Chiang Mai encontramos uno de los omnipresentes 7-Eleven y varios puestos de comida callejera. Hara y el Sr. Marqués optaron por ir al establecimiento a por unos cafés y algo dulce. Yo me quedé esperándoles en un puesto mientras me pedía un arroz con verduras y dos huevos fritos. Allí desayunamos, en una mesa de plástico llena de suciedad, desde donde vimos varias ratas pasando cerca de nosotros, a las que no prestamos la más mínima atención. El arroz y los huevos me supieron a gloria. Llevábamos ya 7 días en Tailandia y nos íbamos aclimatando a todo. Así que, en ese momento, estábamos listos y con fuerzas para conocer otra nueva ciudad. Taxi (300 baths de punta a punta de la ciudad, no regateamos), al hotel a dejar la mochila y a empezar a patear.

¿Tailandia o China?

Con un plano facilitado en recepción del C Hotel Boutique and Comfort nos echamos a las calles, a recorrer la parte de la ciudad amurallada, que es lo que nos daría tiempo a ver en un día. También queríamos reservar una excursión al Parque Nacional de Doi Inthanon, a través de una agencia que nos había recomendado mi hermano. Suficiente para las 36 horas que nos quedaban hasta coger el siguiente autobús a Chiang Rai.

Wat Chen Lin

El primer templo que nos encontramos fue el Wat Chen Lin, bastante vacío de turistas a primera hora de la mañana. No pudimos atravesar su camino rodeado de un precioso estanque con flores de loto gigantescas (estaba cerrado), así que nos sentamos en un banco a contemplarlo y a escuchar el canto matinal de un pájaro en los árboles. Paz y sosiego, al que se unió un monje que trató de comunicarse en un rudimentario inglés con el Sr. Marqués. Éste se limitó a sonreirle y preguntarme qué había dicho (las mujeres no pueden comunicarse directamente con los monjes). Aprendimos que, dependiendo de si eres hombre, mujer o ladyboy, algunas palabras en tailandés tienen una terminación diferente. El monje nos enseño a hacer el saludo wai y a decir «gracias» en su idioma. Nos despedimos de él haciendo este típico gesto tailandés para demostrarle que lo habíamos aprendido y para agradecerle como correspondía esta lección de buenos modales en Tailandia.

Wat Phan Tao

Unos pasos más adelante, nos encontramos con dos otros dos templos que nos hicieron sentir (junto con el paisaje de las calles de la ciudad) como si acabáramos de salirnos del país y hubiéramos entrado en China: el Wat Phan Tao y el Wat Muen Tum (foto de portada de este post). Presentaban una estética totalmente diferente a lo que habíamos visto hasta el momento en Bangkok o en las ruinas de Ayutthaya y Sukhothai. Junto a los guerreros que los custodian, empezaban a abundar distintas figuras mitológicas de dragones, techos de teka o ladrillo rojo vistoso coronados por figuras y mucho color dorado por todas partes. Las portadas de los templos, decoradas al detalle con multitud de elementos son espectaculares, aunque, según los gustos, igual pueden resultar excesivamente recargadas.

Los dos imprescindibles de la ciudad

Se calcula que en Chiang Mai hay más de 300 templos. Así que, había que elegir. Los que no pueden faltar en cualquier visita son el Wat Chedi Luang, presidido por las ruinas de una imponente pagoda de 50 metros de altura, y el Wat Phra Singh, el más grande de la ciudad, conocido por albergar una venerada imagen de Buda del siglo XIV (ver más detalles de estos dos templos en la sección «en 3 pasos«).

Cae la noche en la ciudad

Una vez que habíamos visitado sus principales monumentos, era el momento de callejear y tomarle el pulso a la ciudad. Nos recorrimos buena parte de la zona amurallada, contemplando su arquitectura y el devenir de sus habitantes, a un ritmo mucho más tranquilo que en la capital.

Una vez que cae la noche, otro de las principales señas de identidad de Chiang Mai son sus mercadillos nocturnos, donde se puede adquirir todo tipo de objetos y, además, cuentan con una zona de restauración, compuesta por puestos donde eliges la comida y te sientas en unas mesas a degustarla, acompañada de música. (localización en la sección «en 3 pasos«).

Nosotros acudimos al más cercado a nuestro hotel, que contaba además con otro atractivo: ver el juego de luces de colores que se proyectan sobre el Wat Sri Suphan, que de día muestra su color original plateado.

Volvimos al hotel a descansar cuando se acabó la música y levantaban los puestos callejeros, al día siguiente nos tocaba otra vez madrugón infame, que seguíamos aceptando de buen modo porque sabíamos que nos iba a merecer la pena. Y una vez no nos equivocamos.

Verde que te quiero verde

Reservamos nuestra excursión al Parque Nacional de Doi Inthanon a través de la agencia Travel Hub, donde obtuvimos un buen precio (unos 30 euros al cambio por la excursión, todos los detalles en la sección «en 3 pasos«). Hace tiempo tenían la oficina al lado de la muralla, pero la habían cambiado a otra zona de Chiang Mai, así que buscándola -y perdiéndonos varias veces en el camino, como no podía ser de otra manera- descubrimos una pequeña parte de la zona extramuros de la ciudad.

Con una puntualidad dudosa, nos recogieron en el hotel en una minivan, en la que íbamos un grupo bastante variopinto de turistas (y un poco soso en mi gusto, la verdad, apenas mantuvimos contacto con ellos). La guía, en cambio, muy simpática y atenta, nos hizo unas explicaciones muy amenas en un inglés perfecto sin perder la sonrisa en todo el día.

Tardamos como una hora y media en llegar a nuestro primer punto de visita: la cascada Wachiratharn, una caída de agua de unos 80 metros de altura. Pararse, contemplar el paisaje que la rodea y escuchar el ruido del agua está a la misma altura de relajación que un buen masaje tailandés.

El siguiente destino fue subir hasta el punto más alto de Tailandia, el pico del monte Doi Inthanon, de 2.565 metros de altitud. Hay un pequeño santuario y se nota el considerable descenso de temperatura con respecto a Chiang Mai (muchos tailandeses se acercan hasta este parque en busca de un alivio a su clima tropical).

Pagodas reales

Dudo mucho que el monje del templo de Chen Lin tuviera vida suficiente para enseñarnos a pronunciar su nombre correctamente. Nos quedamos con que son las pagodas reales del Parque Nacional de Doi Inthanon, construídas en honor de unos reyes también de nombre impronunciable para nosotros, y desde las cuales hay unas espectaculares vistas de los jardines de su entorno y de todo el parque nacional de Doi Inthanon.

Con los más humildes

arrozales de un pueblo Karen

La excursión finalizaba con la visita a un pueblo karen, para conocer su estilo de vida (o más bien de superviviencia) y admirar los contrastes del verde de los arrozales sobre el de los árboles de la montaña al fondo mientras nos tomábamos un café de los de puchero de toda la vida (literal, ver más detalles en la sección «en 3 pasos«).

Volvimos a Chiang Mai y nuestra excursión finalizó en la estación de autobuses una hora antes de nuestra partida a Chiang Rai. Aunque no esta ciudad no tiene el ajetreo de Bangkok ni de lejos, volvimos de repente al ruido y al movimiento, después de haber disfrutado durante una jornada del silencio y la paz que inundan los paisajes infinitos de la naturaleza en Tailandia.

Chiang Mai en 3 pasos en: http://www.3xelmundo.com/chiang-mai-3p/

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